La beba era hija de una extraordinaria forma de belleza de pelo enrulado y fruto de mi semilla. La beba estaba muerta. Yo debía cuidarla.
Y fue así que la envolví en el más fino nylon y la acosté en el freezer y la tape con cabezas de pescado.
Siempre se tapa con basura de vidas anteriores, el dolor extremo.
Camine tan lento que parecían pasar los años; llegue al cuarto me desnude y me tire en la cama.
Como tantas otras veces. Solo, desnudo y sumido en el dolor.
La beba muerta en el freezer y yo acá vivo pero muerto por dentro.
Como cuando me inyectaban morfina. Resabio de una vida pasada. Y entonces el cuerpo no decía nada. No había corazón ni alma. Sino el dolor en todas las fibras y la droga peleando por calmarlo.
Cuando llegaron, preguntaron. La beba?
En el freezer. Respondí.
La buscaron. Yo escuchaba. Como quien escucha a lo lejos la proximidad de un tren.
Se la pasaban de mano en mano, y volvían a pasarla.
Hasta que dijeron. –Respira!!!
Ahí salte de la cama y me presente desnudo ante los tres.
Le daban calor con sus manos. Yo la miraba.
Y en un momento abrió sus ojos marrones como dos telones gigantes. Me vio; dijo papa y soltó el primer llanto.
Yo - Permiso voy al baño.
Cerré la pesada puerta de madera me senté en el piso negro y blanco del baño y apoyado ahí comencé a llorar.
Y mi llanto se mezclaba con el de la beba.
“Que incapaces, los que ya no tenemos nada que dar. “
Yo la quería, Si.
Era mi beba y era hermosa.
Pero ya no tenía nada que darle.