Recuerdo siempre que una señora mayor me decía; nunca te separes en invierno.
Para mi desgracia siempre fue en Abril y a los diez días el frió polar se adueñaba de la casa y de mi alma.
Siempre había alguna con unas maderitas tratando de dar calor. Pero nada me inmutaba cuando me convertía en el abominable hombre de las nieves.
El frió distante y la lejanía en una cama de un metro cuarenta. Siempre me pregunto que verían en mi esas mujeres del invierno. Como me aguantaban?.
Pero estaban ahí y eran nobles, queribles. No notaban mi ausencia, no me conocían.
O quizá ese poco de mi era mucho en el devaluado mercado de las relaciones personales.
Yo siempre volví al primer amor. Miento!. Al tercero. Por mi idealismo y mi terquedad. Y por que no me gusta perder en nada.
Y ahí volvían los besos y las primaveras. Y florecían las rosas solo para que pudiera regalarlas. Y cantaban los pajaros, para musicalizar mis mejores actuaciones.
Y así iba creciendo. Después del frió polar, la mansa primavera y las caricias.
Sucediendose en un circulo infinito a través de los años.
Hasta que todo cambio.
Estaba ya entrado en los treinta cuando gracias a Internet y al deseo postergado dio mi primera novia conmigo.
Mi novia del colegio, la de las fantasias primarias. La de los besos con miedo.
La que me enseño que un corpiño puede ser un invento temible y frustrar al neófito. Y cuando uno daba con la clave, brotaban sendos senos hacia la boca inexperta y glotona y el corazón latía a ciento cincuenta revoluciones por minuto.
Ella que cuando yo tenia quince, diecisiete. Ahora treinta y siete. Y era la misma hermosa mujer de siempre. Algo agotada por años y los divorcios, pero hermosa al fin.
Madura, madre. Y la misma piba de barrio que me acompañaba a esperar el siete allá en bajo flores. Y mientras no venia. Soñábamos una vida, que duro tres meses.
Una hembra divina que los tipos se daban vuelta a mirar y yo a los quince quería que me tragara la tierra.
Ahora presentaba batalla. Y fui en plan de guerra a cobrarme todos los besos juntos.
Cuando abrió la puerta. Eramos nosotros. Que sensacion inexplicable. Dos personas que no se vieron en veinte años por que no hizo falta estaban frente a frente.
Pasamos, la charla fue interminable, risible e interesante. Que los ex, que la vida.
Que estoy asexuada.
-Me dejas probar?
-Yo te veo tan linda como siempre y la verdad te parto como un queso. Nos reímos juntos. ( Una de esas frases bizarras que tanto me gusta usar fuera de contexto para ver como reaccionan).
-No Juan.
Y los besos en el cuello.
-No Juan.
Y otra vez aquellos pechos.
No se si te hacías la bebota o de verdad tenias miedo. Daba igual. A mi la situación me prendía fuego.
Cuando llegamos a la cama, tenia la artilleria preparada y ya festejaba la victoria.
Estuviste bastante vaga debo reconocerlo. Pero no importaba, estaba en el séptimo cielo.
-Tenes lastimado un ojo.
-si las lentes.
-te las saco.
-Pero no veo nada.
-Que importa si vamos a descansar. O recién no me viste toda?
-Si, bueno.
-Veni que te abrazo un rato.
Y nos dormimos como los nenes que fuimos alguna vez.
Lo terrible fue la mañana siguiente. El mediodía.
-Que tomas.
-No nada, tengo que volver a casa.
-Quedate que preparo unos mates. Aparte con con el ojo así no podes ir a ningún lado.
Cuando el saquito de te llego a mi ojo y la caricia a mi cara. Ya me había olvidado la dirección. Me quería quedar ahí por siempre.
Y pensaba en mi mujer, en mi casa. En prender fuego todo. En volver a enamorarte. Y después no podía pensar mas nada.
Me acompañaste hasta la puerta. Me dijiste que estaba mas gordo. La buena vida conteste.
Cuidate y te quiero.
Y me fui caminando hasta la estación Varela silbando bajito.
Y la culpa pensaba, donde esta la culpa?. Y nunca llegaba.
Porque fue lo mas lindo y lo mas sano que me paso en los últimos años.
De que culpa me hablan?.
Volví dos veces. Hasta que el ruido en mi cabeza y en mi corazon se hizo insoportable.
Y viaje a mi casa con un nudo en la garganta que no pude desatar por meses.
Hasta hoy.
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